Escribir

En todo ese tiempo he pensado. He pensado frases dignas de escribirse; mientras me  bañaba iba gesticulando con la voz de adentro: frases exactas, frases que me producían gozo y me imaginaba escribiéndolas y así satisfacía, sin satisfacer, un deseo. Sin ninguna pretensión, éste será el receptáculo, el lugar y el compromiso concreto de ayudarme a reproducir esas ideas tan bien gesticuladas, que nunca nunca se calcan a la perfección cuando uno se sienta frente a la computadora. Se siente una torpeza casi culpable cuando uno descubre la pobreza de su vocabulario y lee a otros y su lenguaje perfecto: el adjetivo rácano a lado del cielo para describir un ambiente de hostilidad esparcida a cuentagotas. Luego, por la mañana, una piensa en todo lo que no ha leído, en todo lo que a uno le falta: en los hombres cultos que no son uno. Y la escritura se la deja uno a ellos: lo expertos, los de adjetivos precisos, la conversación magistral y la erudición temprana.

Escribir es también contemplar la posibilidad de ser publicado y de exponerse al juicio público. Pero qué le vamos a hacer, si desde que tenía once años pensaba que escribir era lo que mejor me salía. Hoy siento que todo es como asumir ese deseo y caminarlo.

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