Escribir

En todo ese tiempo he pensado. He pensado frases dignas de escribirse; mientras me  bañaba iba gesticulando con la voz de adentro: frases exactas, frases que me producían gozo y me imaginaba escribiéndolas y así satisfacía, sin satisfacer, un deseo. Sin ninguna pretensión, éste será el receptáculo, el lugar y el compromiso concreto de ayudarme a reproducir esas ideas tan bien gesticuladas, que nunca nunca se calcan a la perfección cuando uno se sienta frente a la computadora. Se siente una torpeza casi culpable cuando uno descubre la pobreza de su vocabulario y lee a otros y su lenguaje perfecto: el adjetivo rácano a lado del cielo para describir un ambiente de hostilidad esparcida a cuentagotas. Luego, por la mañana, una piensa en todo lo que no ha leído, en todo lo que a uno le falta: en los hombres cultos que no son uno. Y la escritura se la deja uno a ellos: lo expertos, los de adjetivos precisos, la conversación magistral y la erudición temprana.

Escribir es también contemplar la posibilidad de ser publicado y de exponerse al juicio público. Pero qué le vamos a hacer, si desde que tenía once años pensaba que escribir era lo que mejor me salía. Hoy siento que todo es como asumir ese deseo y caminarlo.

¿Cómo son las cigarras?

Si alguna vez, durante la noche o cerca del amanecer, has escuchado un silbido interminable, ese podría ser el sonido de las cigarras. Aunque quizás un poeta te diga que se trata del canto del viento que, atravesando sus cuerpos, indica peligro o expresa amor. Si alguien te dice algo así, puedes responderle que ese canto a veces parece más bien un grito desesperado, porque cuando se junta el sonido de muchas cigarras, estas son capaces de hacer un ruido tan fuerte como el de un avión.

Pero imaginemos, mejor, que hablas con un experto, un entomólogo. ¿Cómo son las cigarras?, muy probablemente él te responderá que cuándo. Lo que ocurre es que parece como si las cigarras vivieran muchas vidas. Cuando recién salen de su huevo, son como unos gusanillos, es decir unas larvas o ninfas, que viven debajo de la tierra. Pueden pasar ahí muchos años, en los que crecen y desarrollan un cuerpo grueso, cinco ojos y seis patas. Con ellas, escarban hacia la superficie del suelo, en donde muy pronto se convierten en adultas. Cuando son lo suficientemente grandes, ocurre algo maravilloso: una capa de su cuerpo se abre como si fuera una cáscara y deja salir a la nueva cigarra que ahora tiene dos alas transparentes por las se observan unas delgadas líneas, como las venas de las hojas. Esta última trasformación ha conmovido tanto a distintas culturas, que las hemos asociado con nuestra propia idea de que el tiempo cambia, a veces, de manera tan drástica, que es como si de un día a otro volviéramos a nacer. Si mañana alguien te preguntara cómo es una vida como la tuya o cómo es un cuerpo como el tuyo, ¿no crees que tú podrías responderle que eso depende de cuándo?